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CUALQUIER PARECIDO CON CIERTA REALIDAD, ES PURA COINCIDENCIA

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Arrimaos, mis buenos amigos, al calor de la hoguera, el fuego purifica y clarifica las consciencias, el invierno es duro y no hay nada como los beneficios del hogar para mitigarlo. Arrimaos que la noche se presta a contar historias y quiero haceros llegar una con triste pero certera moraleja. Veamos con qué nos satisface hoy, sabio maestro, la última historia fue muy oportuna para los tiempos que corren. Pues esta, amigos, no se queda corta, quizás la mejore, ustedes dirán, aquí va:

“Había un rey en un reino lejano del sur que tenía dos hijos, se diferenciaban en edad uno bastante del otro, aunque el menor no apreciara tal diferencia, es más no creía que fuera así, se envalentonaba y se mofaba de esta, sacando a relucir los peores desprecios hacia su hermano mayor. Éste sonreía, callaba, e iba a lo suyo, sabedor de que su fuerza y grandeza no eran fruto de sus disputas con su hermano, sino de victorias conseguidas con mucho esfuerzo en los campos de batalla. La envidia del otro era tal por ello; por la indiferencia que mostraba su hermano hacia él, y por sus muchas virtudes que nunca llegaría a poseer porque a cada uno Dios nos da lo que merecemos, que no perdía la ocasión de usar cualquier sucio recurso, sin importarle que fuera de muy mal gusto, para intentar ridiculizarlo ante los muchos contendientes que rivalizaban con él. Su hermano sabía cómo se las gastaba, callaba y sonreía, no podía hacer otra cosa más que, cuando llegaba la hora de la verdad, demostrarle quién era el más grande en el reino de su padre, su elegido para la gloria. Recordaba que cuando eran jóvenes, si él iba de blanco su hermano se vestía de azul, si él vestía de rojo, su hermano lo hacía de verde. En todo gustaba contrariarle, y la envidia había dado paso a una situación mucho más preocupante, de ira y desprecio; todo el mundo lo sabía y callaba porque en cualquier momento podría estallar la tormenta. Recordaba igualmente que un día construyó en el reino de su padre, con su oportuno permiso, un castillo, una gran fortaleza en la que acoger a sus fieles súbditos para gozar de los triunfos cosechados y su hermano, muerto de envidia por aquella gran obra, aprovechó igualmente la ocasión construyendo una mayor porque argumentaba que sus súbditos eran muchos más y debían ser acogidos como su rango merecía. Ciertamente, a su padre le disgustaba tal cainita actitud, era consciente de que los logros que el mayor había cosechado, fruto de su acierto, de su inteligencia, de su esfuerzo y de su buena gestión, nunca podrían ser alcanzados por el menor, y le preocupaba porque todo cuanto éste hacía sólo tenía un deleznable propósito, iba encaminado a mancharle la imagen impoluta que tenía su hermano mayor ante muchos otros reinos. Tal era la extrema envidia que le profesaba el menor que incluso puso al frente de sus huestes a personas de muy dudosa honorabilidad, sabedor que con sus trucos y triquiñuelas, la mayoría de las veces fuera de la legalidad, podría intentar superar ante los demás la imagen de su hermano. Aquello fue una decisión nefasta que incluso bajo pérfidos sobornos expandieron individuos en correos y correveidiles del reino, nefastos comunicadores pagados con dineros de dudosa procedencia pues sus arcas estaban muy mermadas, proclamando de una manera altiva y chulesca ante el vulgo, sin ninguna credibilidad, quién era el mejor. Sobornos que se extendieron a aquellos contrincantes de su hermano a quienes pagaba bajo cuerda para que se esforzaran hasta la extenuación y pudieran ganar en los torneos en los que se enfrentaban. Sufrió el reino una etapa convulsa, de constantes revueltas, de disturbios callejeros, de públicos insultos y de supercherías de todo tipo que crearon un clima oscuro de tiniebla y desesperación.

No obstante, su hermano mayor, sabedor de las intenciones de aquel otro, aguantó las embestidas estoicamente demostrándole a todos, en oportunos torneos y justas, quién era el mejor. Hasta llegó el hermano menor al extremo de agasajar a cuantos en momentos puntuales habían derrotado en buena lid a las huestes de su hermano. Los consideró igualmente súbditos suyos, aunque ellos se lo tomaran a broma, ciertamente para ellos no tenía importancia aquella lucha interna; eran muy conscientes que todo era producto de una animadversión que rayaba la demencia. Pasó aquel tiempo extraño y las aguas aparentemente volvieron a su cauce, y digo aparentemente porque lo que no cambió, más al contrario creció bajo un engañoso halo de buen rollo, una singular imagen hipócrita que ocultaba un mayor desprecio, fue esa envidia atroz que el hermano menor le tenía al mayor, máxime cuando éste seguía y seguía cosechando para los suyos toda la gloria del reino y de otros reinos lejanos. Allí los dejé con sus cuitas, sabedor que aquello no tenía ningún remedio, pues aquel mal hermano con sus sucias artes, seguía extendiendo su ira y su odio hacia quien en justicia mantenía la supremacía. Francamente, mis buenos amigos, aquello no tenía remedio y no había antídoto alguno para tal situación salvo que el mal hijo se desterrase con sus incondicionales súbditos a otras tierras donde empezar de cero, pero su padre no estaba dispuesto a ello, aunque soportara y sufriera en silencio sus deleznables acciones. Por ello, marché de allí sin esperar más…”   

Pero, maestro, entonces si no tenía remedio, ¿qué lección podemos sacar de cuanto nos has contado? ¿Cuál es la moraleja de todo ello?

Amigos míos, mis buenos amigos, la moraleja es “QUIÉN MAL ANDA, MAL ACABA”.

Fco. Borrego

Autor: jesuscreations

Edición de Video Profesional Dedicado al Sevilla Fútbol Club

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