
El día ha traído un viento cargado de promesas, cumplidas en la vorágine de un tiempo que casi se nos antoja ya lejano. Porque los muchos momentos de gloria vividos, fecundan la historia de nuestros días. Vuelcan en la memoria sensaciones de grandeza que fueron la demostración de que una entidad de fútbol es algo más, mucho más que la consecuencia de un tablero donde veintidós hombres disputan un balón. Trascienden las fibras de nuestro ser y en ciertos momentos las catapultan hacia la eternidad. Todo se queda, entonces, reflejado en la retina, magnetiza la condición humana y nos eleva dándonos la proyección de pertenecer, en la creación, a una realidad nacida para lo perfecto e inalterable. Los sentimientos se aúnan en una espiral que ni el vértigo puede adulterar ese momento. Y retornan los días que fueron generosos con nosotros, los días que se hicieron partícipes del momento de esplendor, los días que vivimos con el ansia de pertenecer a lo grande, de participar de su vocación de grandeza. Y retornan los días donde la angustia también se alió con nuestro momento de gloria.

Porque no todo fue dicha y esplendor, como si hubiese que pagar un peaje por disfrutar de aquello que parecía no estar hecho para nosotros. Un duro peaje que fracturó esa enfervorizada proyección que trajeron los vientos de promesas cumplidas, pues el árbol que creció entre los nuestros, en una tierra de esperanzas futuras, que se había hecho a golpes de regate que enloquecían a todos los que lo disfrutábamos, a pases de filigranas que tan sólo los del sur pueden realizar, se troncó en una noche aciaga, una noche de triste recuerdo. Quien en otra noche nos había dado tanto, nos había abierto la puerta de la gloria, ahora sucumbía con un corazón destrozado de tanto darse a los suyos, a nosotros, a nuestro sentimiento.

Cuando pase por la Ciudad Deportiva y vea tu estatua alzada en bronce, la que todos tus amigos erigieron en tu memoria, recordaré tu figura recorriendo la banda, dejando sentados a cuantos te salían al encuentro y centrando el balón con la precisa ejecución para que el compañero hiciera el resto. Recordaré todo lo que el tiempo me trajo de tu persona y en la lejanía que da el momento, me llegará la verdadera esencia de lo que somos, entonces tendré la fuerte convicción de que no se muere en balde, de que somos partícipes de algo que trasciende todo lo que vemos. Será al verte erguido como un ángel, con el balón en los pies y con la garra y el coraje predispuesto para el momento de los elegidos, cuando a buen seguro te encontraré entre tantos y tantos niños que, como tú ayer, hoy sueñan con la gloria.
¡Hasta siempre, Antonio!
Fco. Borrego


















